
Siempre había pensado que Nueva York era una de mis ciudades favoritas.
Cuatro viajes a la ciudad de los rascacielos, en diferentes épocas de mi vida, me habían ayudado a formarme una imagen ideal de la ciudad, alimentada por tantas y tantas películas, libros, reportajes, historias contadas de primera mano y otras medio inventadas...
Nunca había sido capaz de separar la NY real de aquella postal romántica que había dibujado en mi mente, ayudada tal vez por el recuerdo de un amor fugaz en dos idiomas, un amor tierno, un amor que acabó mucho antes de lo que debería haberlo hecho y que, a pesar de eso o tal vez por eso, ha permanecido en el armario de los amores hermosos, donde muy de tarde en tarde me asomo para recordarlo.
Y, sin embargo, hoy todo ha cambiado.
Hoy me he dado cuenta de que no me gusta esta ciudad, de que, a pesar de todo lo que antes me gustaba de ella, a pesar de ser aquella ciudad que Sinatra describió como "la ciudad que nunca duerme", a pesar de Woody Allen, y de Paul Auster, no me gusta su ruido, el ir y venir de gente que no se mira a los ojos, la continua sucesión de tiendas clonadas, de deli-shops y restaurantes, el aire pesado y sucio, la sensación de que nada puede sorprenderte porque ya lo has visto una y mil veces...
No sé qué es lo que ha pasado, cómo se ha producido este cambio. Sólo sé que ya no quiero ser parte de ella.
Lo siento, Frankie.
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