
En un - ya no tan pequeño - pueblo de la provincia de Guadalajara, existe una casa mágica. No es especialmente grande, ni especialmente bonita. Pero es especialmente especial.
En sus habitaciones se guardan secretos y risas infantiles, confidencias adolescentes, amores adultos. Por sus pasillos resuenan pisadas de pequeños pies acelerados que corren para esconderse debajo de una cama, de pies jóvenes furtivos que intentan no hacer ruido tras volver tarde, tardísimo, del baile de la plaza. Sus paredes han sido testigos silenciosos de tantas historias que no sería posible contarlas todas.
En su patio, antes pesebre y granero, aún puede oirse el "uno, dos, tres, cuatro..." mientras todos se esconden y el que cuenta mira de reojo, para saber dónde buscar.
El pozo aún refleja las caras de niños curiosos asomados a ver si hay algo al fondo, y todavía conserva las monedas arrojadas junto con los deseos a los que acompañaban. Y el eco de las voces que gritan "eo" junto al brocal, parece tan vivo y nuevo como entonces.
La cocina huele a torreznos, picadillo y leche recién ordeñada, caliente, con un sabor fuerte y una textura espesa. Y aunque ya no funciona, la vieja campana sigue vigilando, muda, todo lo que ocurre en la mesa. Y hasta parece que a veces protesta cuando está en desacuerdo con una opinión, una palabra, un gesto.
Por el desván se pasean los fantasmas de todos aquellos que vivieron en la casa desde que fue construida. Almas que no se han quedado para asustar a los moradores actuales, sino para cuidar de ellos. Sus pasos hacen resonar las tablas del suelo, demostrando que es falso que los fantasmas sean silenciosos... o tal vez sea que estos fantasmas son diferentes a los demás.
En sus habitaciones se guardan secretos y risas infantiles, confidencias adolescentes, amores adultos. Por sus pasillos resuenan pisadas de pequeños pies acelerados que corren para esconderse debajo de una cama, de pies jóvenes furtivos que intentan no hacer ruido tras volver tarde, tardísimo, del baile de la plaza. Sus paredes han sido testigos silenciosos de tantas historias que no sería posible contarlas todas.
En su patio, antes pesebre y granero, aún puede oirse el "uno, dos, tres, cuatro..." mientras todos se esconden y el que cuenta mira de reojo, para saber dónde buscar.
El pozo aún refleja las caras de niños curiosos asomados a ver si hay algo al fondo, y todavía conserva las monedas arrojadas junto con los deseos a los que acompañaban. Y el eco de las voces que gritan "eo" junto al brocal, parece tan vivo y nuevo como entonces.
La cocina huele a torreznos, picadillo y leche recién ordeñada, caliente, con un sabor fuerte y una textura espesa. Y aunque ya no funciona, la vieja campana sigue vigilando, muda, todo lo que ocurre en la mesa. Y hasta parece que a veces protesta cuando está en desacuerdo con una opinión, una palabra, un gesto.
Por el desván se pasean los fantasmas de todos aquellos que vivieron en la casa desde que fue construida. Almas que no se han quedado para asustar a los moradores actuales, sino para cuidar de ellos. Sus pasos hacen resonar las tablas del suelo, demostrando que es falso que los fantasmas sean silenciosos... o tal vez sea que estos fantasmas son diferentes a los demás.
La estufa, el gallinero, el granero, el brasero, las cántaras de leche, el abuelo, mi infancia y mi adolescencia, ya han desaparecido, pero están vivos entre las paredes de esta casa a la que vuelvo muy de tarde en tarde, y en la que siempre soy feliz.
Un pequeño refugio desde el que todo es hermoso y en el que me siento niña y libre de preocupaciones.
Ésta es mi casa mágica. ¿Te vienes a conocerla?
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